viernes, 6 de junio de 2014

Cuba se aleja

Habaneando. Patio en Centrohabana (Alfredo Iglesias)
Viernes, 23 de mayo Luís se ha ido a la Habana Vieja esta mañana y ha vuelto con papel higiénico. Hasta ocho personas le han parado por la calle para preguntarle dónde lo había conseguido. Otras veces, yo he sido testigo de la misma escena pero con cartones de huevos. El desabastecimiento de artículos básicos ya es crónico y la situación empieza a preocupar y mucho…Y no solo por el hecho de la escasez, sino por las consecuencias que acarrea, crispación, picardía y la última y más desagradable, violencia. Para mí, empieza la cuenta atrás, la última semana en La Habana. Tengo la sensación de no haber hecho absolutamente nada, de no llevarme todas las fotos que pretendía, de haberme quedado a medio camino y de haber vivido tres meses fuera de la realidad, en un viaje en el espacio y en el tiempo cincuenta años atrás. Luís sigue gestionando los permisos para quedarse otros tres meses. Aquí nada es fácil. Un viaje de un día a Bahamas le asegurará un mes más y después tendrá que dar con otra fórmula para prorrogarlo. Trabajo no le va a faltar, un cuadro de seis metros que asusta solo de pensarlo.

La decisión de Osiris

Habaneando. Paloma ante el espejo (Alfredo Iglesias)
Miércoles 21 de mayo Se presenta en casa y nos la manda Asdrúbal. Osiris es la dueña del espejo que apoyado en el suelo del taller de Asdrúbal, espera ser enmarcado. Frente a él, se pasa las horas la paloma que pasea a sus anchas entre las herramientas de la carpintería. Osiris es negra y delgada. A sus treinta y cuatro años luce un cuerpo bonito y trabajado en las pistas de atletismo. Ha representado a Cuba en competiciones internacionales y ahora se dedica al baile y da clases de salsa. Va a ser nuestra María Magdalena en el cuadro que se está convirtiendo en nuestra mayor obsesión. Durante todos estos días nos hemos dedicado a la composición fotográfica de todos los personajes, objetos y fondos que servirán de base para el cuadro y Osiris es la última fotografía, la persona que nos faltaba. Nos habla de su época de competición. Su estancia en Londres, donde añoraba el sol de Cuba paseando con abrigo. Muchos de sus compañeros de selección no volvieron a Cuba y ella nos contaba que mientras su madre le estuviera esperando en casa, jamás dejaría la isla. Hoy ya no tiene ningún motivo para permanecer aquí y las competiciones ya terminaron. Su decisión le ha perseguido toda la vida y hasta hoy mismo, nos dice, le llaman “comemielda” por la calle.

El que corre por el filo


Habaneando. Atardecer con parejas en El Malecón (Alfredo Iglesias)
Sábado, 17 de mayo Recorremos calles de Centro Habana que no habíamos pisado. Hay una cortada por el reciente desprendimiento de una fachada y nos hacemos las mismas preguntas que se haría cualquier visitante que empieza a conocer La Habana. Pasamos por una plaza con un grupo venezolano haciendo rumba. Varios fotógrafos se dedican a retratar a los personajes más pintorescos, a mí no me parece suficiente como para sacar la cámara, aunque se que haría lo mismo si fuese mi primer día de una estancia de una semana a contrarreloj. Desde un balcón, el típico balcón habanero, se escucha música de percusiones. Pedimos permiso desde la calle y nos invitan a subir. Una treintena de personas están celebrando una ceremonia santera. Un altar con velas y agua al pie de un crucifijo. Debemos mojar nuestros dedos y con el agua salpicar el altar. Santo y padrino se arrastran por el suelo y protagonizan un ritual de movimientos propios de un contorsionista enajenado. Se que puede parecer irrespetuoso, pero es la única forma que se me ocurre de describirlo sin entrar en más detalles. La dueña de la casa empieza a demostrar un excesivo interés en nosotros y nuestras creencias, así que aprovechando unas repentinas ganas de evacuar, tomamos las de “Villadiego”. Otra calle, otro portal con un rótulo. Un café restaurante. Entramos despacio, casi con reverencia a una estancia inundada de nostalgias. No queda un hueco libre en mesas, aparadores y paredes. Recuerdos de una vida que podrían ser mil. Fotos, marcos pequeños y grandes, de plata o de madera, santos y vírgenes. También hay sombreros mejicanos, muñecos sentados en mecedoras y una pared cubierta de platos y tazas de café. Dos mujeres ven la televisión en el recargado y barroco salón sin prestar ninguna atención a los dos extranjeros que acabamos de profanar su hogar. Una estrecha escalera de metal en un patio da acceso a la azotea, terraza con mesas de forja, incontables y antiguas máquinas de escribir y de coser se oxidan a la intemperie, colgadas de las paredes o apoyadas en repisas. Pinturas en las paredes, plantas, mosaicos y cristales de colores. Un protagonista en casi todas las fotos, en algunas acompañado de otras personas, pero hay una que se repite constantemente, Alicia Alonso. Aparece, por fin, el dueño de la casa, el de las fotos. Disculpándome por mi atrevimiento y mi ignorancia me intereso por él. Se trata de Tommy, bailarín y profesor del Ballet Nacional de Cuba. Cargado de pulseras, pendientes y tremendos anillos con forma de sombreros se deja fotografiar. De vuelta al Malecón a ver el atardecer y un chico que pasea con sus amigos que me solicita ser fotografiado. Posa “divinamente”. No se imagina las ganas que tenía de fotografiarle y él ha sido el que ha venido a mí. Claro que al final me pide un dólar, le doy cinco pesos encantado y pensando lo barata que me ha salido una foto que buscaba hace tiempo. En La Punta dos parejas se abrazan acosadas por la presencia de los fotógrafos que antes habíamos visto en el concierto de rumba. Recuerdo las palabras del monólogo del replicante: “He visto cosas que vosotros no podríais ni imaginar”.
Habaneando. Personajes de  Centrohabana (Alfredo Iglesias)

De un extremo al otro


Viernes,16 de mayo

Habaneando. Atardecer en casa de Asdrúbal (Alfredo Iglesias)
 Siguen las lluvias y ya pensaba en ponerme a fotografiar charcos. Repentinamente te quedas vacío, no sabes que hacer y empiezas a echar de menos todo lo que era habitual, la casa, la familia, los amigos, un cortado por las mañanas, el periódico, Internet, un poco de información… Al mismo tiempo empiezas a hartarte del caos, de los olores, de los balcones desplomados y de la increíble subsistencia de esta ciudad. Ayer salí por la tarde, cuando paró de llover. Un amigo me aseguró haberme visto en la televisión. Emitían un programa sobre la selección española de fútbol y me vio durante un entrenamiento. Podría ser el previo al partido con la selección guineana celebrado en Logroño. Tiene gracia, yo en la tele cubana. Luego continúo andando hasta la Habana antigua. Desde la calle 12, es algo más que un paseo y llego reventado. Me siento a tomar una jarra de cerveza en la Plaza Vieja y me meten una buena clavada. En casa me dedico a “marisquear”. Esto se lo oí decir a Juanito Marín y a Zuri cuando te sientas en el ordenador y como no te quedan fotos decentes, empiezas a darles vueltas, las mareas un poquito, reencuadras por un lado o por el otro, rebuscas y…¡Toma ya! Me encuentro con dos fotos estupendas del otro día en la casa de Asdrúbal durante la sesión que hicimos para la última cena. Habían pasado totalmente desapercibidas y ahora me empiezan a alegrar el día. A las seis y media me levanto con hambre y me meto un plato de macarrones. Está lloviendo y lo hace durante toda la mañana del viernes. Por la tarde nos vamos a conocer el extremo más cercano a casa del Malecón, en La Chorrera. Hay un pequeño fortín, un templete que parece sacado de las “Mil y una noches” y un restaurante cuyos jardines son una tremenda discoteca, el 1830. Me llevaron el miércoles y si tienes entre 18 y 30 (por hacer un juego con el nombre), extranjero y con dinero, te puedes creer el mismísimo sultán, dueño y señor del templete, del castillo y de todo el harén que te espera en el jardín. (Ahora recuerdo donde comenzó mi pequeña depresión…) Más tarde nos hemos ido al otro lado del Malecón y que todavía no conocíamos. Otro Castillo, el de San Salvador de la Punta, frente al del Morro y vigilando la entrada a la Bahía de la Habana. Un hermoso atardecer, decenas de pescadores y de vuelta, el mar encrespado y las olas saltando por el Malecón. Hoy no necesitaba ver más miseria y me llevo algunas de las fotos de La Habana más hermosa. Esta ciudad me vuelve a gustar.

Habaneando. Los extremos de El Malecón (Alfredo Iglesias)

Otro desparrame mental. ¡¡Agua va...!!

Miércoles 14 de mayo El mismo día que tenemos que desmontar la exposición, Flor nos trae un PDF con la noticia publicada en La Rioja. Aunque parecía imposible, los cuadros, fotos y esculturas han entrado en el Lada de Isis junto a los dos metros de un Javier encogido en el asiento trasero. Llevamos dos días de tormentas y la de ayer acompañada de vendaval, lo que está retrasando los planes que teníamos para retratar a los tres personajes que nos faltan para “La Ultima Cena”. También me impide salir a fotografiar y está retrasando la visita de la señorita “curadora” de La Fábrica. Raquel nos ha llamado desde Londres y Asdrúbal se presenta por las mañanas, siempre con su buen humor. Ayer mismo, me comentaba que se había puesto a cambiar un grifo de una clienta que no funcionaba. En el taller le empieza a dar vueltas y a echarle “nalgas y codos”, como él dice. Grifo cubano arreglado. Viene y se lleva las garrafas que compró Raquel y que ya han quedado vacías. Las va a utilizar para almacenar agua con unas gotitas de hipoclorito (No busques lejía en La Habana).Yo le pregunto el porqué de tantas cisternas en las azoteas de las casas. Parece ser que el suministro de agua en Cuba se interrumpe durante varias horas al día. Luego me entero de que el suministro solo dura tres horas, de las seis a las nueve de la tarde. Asdrúbal me dice que el agua que corre por las cañerías va a las cisternas de las azoteas y a las viviendas, donde también algunos vecinos la almacenan en grandes bidones. Esto lo he observado en Habana Centro, tremendos bidones que descansan sobre alguna viga, que en cualquier caso no está para muchos trotes, en casas que se caen a pedazos. Es la forma de garantizar el suministro durante todo el día, haciendo acopio de agua. Me parece complicadísimo por mucho que tenga su lógica y pienso en los litros que derrochamos nosotros todos los días.

Nos quedamos solos

Habaneando. El patio de mi casa en El Vedado (Alfredo Iglesias)
Domingo, 11 de mayo Tengo un pequeño clavo en la cabeza y estoy cansado. Tres “lavadoras” por la mañana con la ropa de color y todas las sábanas de la casa han dejado el tendedero sin un hueco libre. Raquel me pide ayuda para cerrar la maleta. El abrigo ha quedado dentro y le quedan unas 16 horas para volverlo a necesitar. A las cinco en punto se presenta Mijail con su tremendo Oldsmobil para llevarnos al aeropuerto. De vuelta a casa, toda la ropa limpia descansa sobre la cama. No tengo fuerzas para hacer la cama y extiendo una toalla sobre el colchón. Son las ocho de la tarde y quiero acostarme un rato. Duermo trece horas seguidas.

sábado, 17 de mayo de 2014

Las últimas cenas

Habaneando. Raquel, Jimmy y los skaters (Alfredo Iglesias)
Habaneando. Día de piscina
Sábado, 10 de mayo Raquel había insistido en invitarnos y casi se suspende, pero estábamos cenando en Bikos como preámbulo de una indeseada despedida. En nuestra misma calle, todos los días pasamos por delante de él, Bikos (bicos en gallego es besos) es un restaurante que dirige una asturiana a la que conocemos mientras apura un habano en la terraza del restaurante. Llegó para trabajar en una nueva planta de Central Lechera Asturiana que apenas duró unos meses y tras once años entre Cuba y España, acaba de montar su propio negocio. Solomillo, pulpo, unos huevos rotos, croquetitas de bacalao, salmorejo y ensaladilla rusa van pasando por la mesa. Mientras tanto, hablamos del universo y sus “causalidades”. El colapso del inodoro provocó que conociéramos a Asdrúbal. Raquel quiso pintarle y vio su taller. Habló con Luís y éste recupero la ilusión por llevar a cabo el primer proyecto, la razón de venir hasta aquí y que ya estaba olvidado. Todas las piezas habían encajando y se habían sumado la voluntad, los personajes y el lugar adecuado. La cita fue el jueves a las cinco en el taller de Asdrúbal. Una hermosa luz va llenando las sombras de la estancia orientada al atardecer. Una mesa con un mantel blanco y una silla como decorado y mucho ron para los intérpretes y comensales. Luís llega con Croma, Jimmy y un Mesías del Reggae que acaba de conocer tomando un café. Un vecino que pasaba por ahí, unos amigos de Asdrúbal y toda la panda de los skaters se van sumando al grupo. Raquel dirigiendo el cotarro, Luís dando gritos, (algunos de alegría) y yo con la cámara. Uno a uno se van sentando, un gesto y unos clics en silencio para pasar a un júbilo contagioso, risas, aplausos y tragos de ron. Trece personajes y al final, hasta las mismas tablas de skate y Rocky, el perrillo de Jimmy que sabe volver solo a casa cuando no puede entrar a los bares, entran en la foto. Es la primera de nuestras últimas cenas, la base de un cuadro de gran formato que el destino, el universo o todas las “causalidades” juntas han querido dibujar. Al acabar, todos al café literario sin libros de 23 con G y mojitos a discreción. Nos despedimos citándonos el viernes a las seis de la tarde y uno de los skaters que me asegura que podré conectarme gratis a Internet desde ahí mismo. Llega el viernes y desde primeras horas de la mañana yo me dedico al trabajo de edición de las fotos del día anterior. Hay que montar un rompecabezas fotográfico con trece personajes. Por la tarde, Raquel y Luís se van a conocer al pintor Ever Fonseca, que les ha invitado a su estudio. Yo continúo montando la fotografía y acabo por reconocer que a estas alturas de mi estancia en Cuba, ya me da igual conectarme a Internet o no. Hace semanas que desistí y ahora, a veinte días de mi regreso, no tiene ya mucho sentido. Me quedo en casa trabajando. Hemos acabado de cenar y la camarera nos sirve el café. Una guapísima cantante, que en un principio confundo por brasileña, susurra suaves canciones acompañada por las notas de su guitarra. No puedo dejar de mirarla mientras seguimos recordando el cúmulo de circunstancias que nos han llevado a estar aquí sentados, en nuestra segunda última cena. Por la mañana nos había llamado Tony que nos invitaba a su fiesta de cumpleaños. Nosotros teníamos alquilada una piscina en Boyeros hasta las seis de la tarde y puesto que las dos cosas eran compatibles, invitamos a Tony y Mairés a acompañarnos. Pasamos a buscarles a casa, un timbre en la puerta que hacemos sonar y una puerta que se abre. El portero automático de la casa no es más que un ingenio de cables y cuerda que se mueve entre argollas y sube por el hueco de la escalera. Muy cubano. Tony, Mairés y Dado, el enorme cachorro cazaleones sudafricano, viven al lado del Hotel Presidentes y muy cerquita de lo que en otros tiempos fue un lujoso café donde la policía detuvo a Charly “Lucky” Luciano. El californiano nos explica las ventajas de vivir tan cerca de un hotel y tener algún “amigo” dentro. Desayuno de campeones a base de cerveza y a buscar al taxista que sea incapaz de ver a la enorme mascota de Mairés. Conseguimos un willys de los años cuarenta que accede a llevarnos a Boyeros y pasar a recogernos a las cinco y media. En la parada de autobús del hospital psiquiátrico nos esperan Sergey, Fran y Yuniel, a los que han dado plantón sus respectivas compañeras para este día. En una carretilla cargan una enorme caja acústica, un amplificador y el ordenador, además de la guitarra de Fran. Bajo el sol recorremos las embarradas calles, más bien caminos, entre carnicerías, fruterías y barberías y sorteando los charcos y a gentes con paraguas, motocicletas, motocicletas con sidecar, ciclistas con la parienta sentada en el cuadro de la bici, carros tirados por personas o por animales y algún que otro coche. Lo demás, es bien sabido. Chapuzones, saltos acrobáticos, música rompetímpanos, el perro que se cae al agua, uno que te empuja, dame cremita y ponte la camiseta que te vas a quemar. Dos botellas de güisqui, que prácticamente nos tomamos Tony y yo, la estupenda comida que nos trae la madre de Sergey y de vuelta para el Vedado. Nos tiramos a las camas, tenemos tiempo para una siestecita. Al despertarnos, suena el teléfono. Tony está llamando a todas sus amistades para cancelar la fiesta. Está “desnucado” por la tremenda borrachera. Vuelta al plan original, irnos a cenar a Bikos y después insisto en ir a La Fábrica. Se que a Raquel le va a encantar y no quiero que se vaya sin verla. Nos movemos con dificultad entre la enorme cantidad de espectadores de un grupo de danza que actúa en el piso superior. El calor es asfixiante y nos movemos hacia la terraza donde tropiezo con el mismísimo X Alfonso. Me presento y le felicito por la iniciativa de La Fábrica. Raquel que estaba ausente en ese momento nos pregunta por la financiación y si es público o privado este enorme complejo ocio-cultural. Le señalo a X Alfonso y ella se levanta y va hacia él, que amablemente le atiende y le indica la manera de conectar con la sala y mandar su propuesta expositiva o cultural. Bajamos al piso inferior y buscamos un hueco donde sentarnos. Al rato se nos presenta una señorita. Está buscando a una chica no muy alta, con un vestido rojo y unos tremendos ojos azules. Sin duda alguna, se trata de Raquel. Rosemary es una “curadora” o comisario de las exposiciones de La Fábrica y nos la manda X Alfonso. Nos da su tarjeta con el compromiso de visitarnos esta semana.